Economía de guerra vs economía para la vida

 

Por Alejandro Martínez Castañeda

El mundo asiste hoy a una paradoja tan cruel como rentable. Mientras los centros de poder global —con Washington como epicentro— se envuelven en la retórica de la “defensa de la democracia”, en los territorios se impone una realidad de fragmentación, despojo y muerte. Las guerras que se desatan y financian bajo la lógica de la hegemonía no son meros choques de banderas: son, en su núcleo, operaciones extractivas de un modelo económico que necesita la pólvora para sostener el valor de su moneda y expandir sus mercados.

La economía de guerra reorganiza la producción nacional (a menudo hasta el 40% del PIB) para fines bélicos, priorizando el gasto militar, el racionamiento y la deuda para sostener conflictos. En contraste, la economía para la vida se enfoca en el bienestar social, la sostenibilidad y la paz. Mientras la primera busca la victoria mediante la destrucción, la segunda busca la reproducción de la vida

En ese tablero, los Derechos Humanos han sido desplazados de su condición de horizonte ético para convertirse en moneda de cambio o, peor aún, en coartada de intervención. ¿Cómo hablar del derecho a la salud, a la educación o a la vivienda cuando los presupuestos del Norte Global se inclinan, de forma sistemática, hacia el complejo industrial-militar? La economía de guerra no solo arrasa infraestructuras en el extranjero: erosiona la posibilidad misma de una vida digna al secuestrar recursos que deberían sostenerla.

La violencia, entonces, no es un efecto colateral: es un engranaje funcional. Cada conflicto alimenta cadenas de valor que convierten la destrucción en negocio y la reconstrucción en deuda. Así, la guerra se vuelve un ciclo económico, y la paz, una anomalía incómoda.

Frente a este Leviatán bélico, la Economía Solidaria emerge no como una utopía ingenua, sino como una estrategia concreta de supervivencia y resistencia. Se sostiene en principios claros, entre ellos uno fundamental: la primacía del trabajo sobre el capital, que coloca a las personas —y no a la ganancia— en el centro de la actividad económica. Allí donde el capital especulativo huye ante las crisis que él mismo provoca, la cooperación permanece. Donde la guerra impone el “sálvese quien pueda”, la solidaridad teje redes: abastecimiento comunitario, finanzas éticas, producción local y propiedad colectiva. No es solo otra forma de hacer economía; es otra forma de sostener la vida.

Defender los Derechos Humanos exige algo más que proclamarlos: implica cuestionar los flujos financieros que alimentan la muerte. Hablar de paz no basta si no construimos circuitos económicos que prioricen el cuidado del planeta y de las personas por encima del dividendo trimestral de la industria armamentista.

La mayor afrenta a las guerras imperiales no se limita a las plazas ni a los discursos. Se juega también en cada decisión económica: en lo que consumimos, en cómo producimos, en a quién financiamos. Convertir el consumo en un acto político y el trabajo en una forma de liberación no es retórica, es una urgencia histórica.

Porque, al final, la paz no se firma: se organiza. Y la solidaridad —lejos de ser un gesto moral— es, quizá, el más radical de los derechos humanos.