Noche de Muertos: memoria, mercado y respeto

Por Alejandro Castañeda

Pátzcuaro, Michoacán, 28 de octubre de 2026.- Al caer la noche, las velas dibujan caminos de luz entre las tumbas, el cempasúchil perfuma el aire y las lanchas cruzan el lago de Pátzcuaro. En las comunidades purépechas, la memoria de quienes murieron vuelve a ocupar un lugar central en la vida de quienes permanecen. Afuera, miles de visitantes se preparan para contemplar una de las tradiciones más emblemáticas de Michoacán; adentro, en los hogares y panteones, las familias se disponen a reencontrarse simbólicamente con sus difuntos.

La Noche de Muertos comienza mucho antes de que lleguen los turistas. Hay que preparar las ofrendas, disponer las flores, encender las velas y tener a punto los alimentos. También hay que terminar las piezas artesanales, acomodar los puestos, abastecer los comercios y organizar los servicios que recibirán a quienes llegan atraídos por la celebración.

En plazas y calles, artesanas y artesanos exhiben rebozos, alfarería, piezas de madera y textiles. Cada objeto concentra horas de trabajo y conocimientos transmitidos entre generaciones. Para muchas familias, estos días representan una oportunidad para vender lo producido durante meses, aliviar las estrecheces económicas y llevar ingresos a casa.

Restauranteros, comerciantes, lancheros y otros prestadores de servicios comparten la expectativa de una temporada favorable. La región se prepara para recibir visitantes y aprovechar una celebración que moviliza la economía local. La programación anunciada contempla más de 700 actividades culturales en distintos puntos del estado.

Pero entre las luces de las ofrendas y el movimiento comercial también se abre una pregunta: ¿cómo recibir a miles de visitantes sin que la tradición termine convertida en un producto de consumo turístico?

Janitzio: mirar sin invadir

En Janitzio, las embarcaciones volverán a surcar las aguas del lago mientras las familias se reúnen para velar a sus seres queridos. La isla recibirá a turistas y visitantes, aunque el panteón permanecerá cerrado al público general debido a los trabajos de rehabilitación que realiza el Fondo Nacional de Fomento al Turismo (Fonatur).

La celebración continuará en otros espacios. Se instalará un altar monumental en los andadores, se realizará la recepción tradicional de los mariposeros y habrá otro altar en la cancha de basquetbol, además de un programa cultural en la explanada del Monumento a Morelos.

Las autoridades informaron que la ceremonia de velación podrá observarse desde un mirador de más de tres metros de altura, sin ingresar al panteón, donde las familias conservarán su espacio para honrar a sus difuntos.

La disposición marca un límite necesario entre la contemplación turística y la intimidad de una práctica comunitaria. No todo lo que despierta curiosidad debe quedar al alcance del visitante; no toda ceremonia está hecha para ser fotografiada ni todo espacio sagrado puede convertirse en escenario.

Cuando la tradición se encuentra con el mercado

En Santa Fe de la Laguna y Cuanajo, como en otras comunidades de la región, las ofrendas expresan una relación con los difuntos que no se agota en lo que puede verse desde fuera. Algunas familias reciben a visitantes respetuosos y comparten alimentos, mientras mantienen el sentido familiar y comunitario de la celebración.

Esa hospitalidad exige reciprocidad. Entrar sin autorización a una vivienda, fotografiar a las personas sin su consentimiento o interrumpir un ritual para obtener una imagen son prácticas que desconocen a quienes hacen posible la tradición.

La presión aumenta cuando la afluencia turística rebasa la capacidad de los pueblos para atenderla. El tránsito, los residuos, la demanda de servicios y las alteraciones de la vida cotidiana son parte de los desafíos que acompañan a los destinos sometidos a una creciente masificación.

El riesgo no es únicamente material. Cuando una tradición se organiza cada vez más en función de lo que espera el visitante, sus tiempos, espacios y expresiones pueden quedar subordinados a las exigencias del espectáculo. Lo que para una familia es memoria y duelo puede convertirse, para quien llega de paso, en una imagen más para las redes sociales.

Por eso, el desafío no consiste en cerrar las puertas al turismo, sino en establecer una relación que respete las decisiones de las comunidades y reconozca sus derechos culturales.

Que la derrama llegue a las comunidades

La expectativa económica es legítima. Detrás de cada puesto, restaurante, embarcación y pieza artesanal hay familias que necesitan ingresos y trabajadores que esperan que el esfuerzo de estos días se traduzca en mejores condiciones para sus hogares.

Sin embargo, la cantidad de visitantes no revela, por sí misma, cuánto dinero permanece en la región ni cómo se distribuyen los beneficios. Importa quién vende, quién trabaja, quién obtiene las mayores ganancias y qué oportunidades tienen los productores locales frente a las dinámicas de una industria turística en expansión.

Comprar directamente a las artesanas y los artesanos, reconocer el valor de su trabajo y respetar las reglas de cada comunidad son formas concretas de contribuir a una economía local más justa. También lo son la planeación de los servicios, el manejo responsable de los residuos y la participación de los habitantes en las decisiones sobre sus territorios y su patrimonio.

La Noche de Muertos reúne, así, dos realidades que no tendrían por qué excluirse: la necesidad de generar ingresos y el derecho de los pueblos a preservar sus formas de vida.

Cuando las velas iluminen los panteones y las lanchas regresen a la orilla, quedará algo más que las fotografías de una noche extraordinaria. Permanecerá el trabajo de quienes prepararon las ofrendas, las manos que dieron forma a las artesanías y la memoria de las familias que, año tras año, mantienen viva la tradición.

Michoacán puede abrir sus puertas al mundo sin entregar el sentido de aquello que lo hace singular. Porque la Noche de Muertos no pertenece solamente a quienes llegan para contemplarla: pertenece, ante todo, a las comunidades que la heredan, la practican y la mantienen viva. El turismo puede contribuir a su economía; nunca debería convertirse en el precio que deban pagar por conservarla.