Por Alejandro Martínez Castañeda
La pobreza constituye una de las expresiones más graves de la desigualdad estructural a nivel mundial. No se reduce a la insuficiencia de ingresos, sino que conlleva exclusión social, precariedad laboral y vulneración de derechos fundamentales. Ante este escenario, el cooperativismo ha demostrado ser un mecanismo eficaz para impulsar desarrollo con justicia social. Las causas de la pobreza están intrínsecamente vinculadas a factores estructurales: conflictos armados, crisis climáticas, concentración económica, informalidad laboral y modelos de desarrollo que anteponen el lucro al bienestar colectivo. En este marco, las cooperativas representan una forma alternativa de organización económica, fundamentada en la ayuda mutua, la democracia participativa y la distribución equitativa de beneficios.
Un estudio reciente, difundido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y la Alianza Cooperativa Internacional (ACI), documenta experiencias concretas que avalan este planteamiento. Entre ellas destaca el caso emblemático de la Unión Majomut en México. (www.copac.coop/wp-content/uploads/2025/12/1-SP-poverty.pdf)
Fundada en 1983 en Chiapas, la Unión Majomut es una de las cooperativas cafetaleras indígenas más reconocidas del país. Integrada principalmente por comunidades tsotsiles y tseltales, ha logrado transformar una actividad históricamente marcada por la pobreza y la dependencia de intermediarios en una fuente de ingresos estables y de alto valor agregado, gracias a la producción de café orgánico y de comercio justo. Su experiencia ilustra cómo la organización colectiva permitió a pequeños productores acceder a certificaciones internacionales, mejorar los precios de venta y consolidar una presencia sostenida en mercados globales.
Más allá del impacto económico, Majomut representa un modelo de desarrollo integral. La cooperativa ha fortalecido la autonomía de las comunidades indígenas, promovido prácticas agrícolas sustentables y reforzado la identidad cultural, al tiempo que garantiza condiciones laborales más dignas. Este caso demuestra que el cooperativismo no solo mitiga la pobreza monetaria, sino que reconstruye el tejido social y genera capacidades locales de largo plazo.
El estudio también registra experiencias similares en África, Asia y América Latina, donde las cooperativas han sido clave para mejorar la seguridad alimentaria, facilitar el acceso al crédito y crear empleo digno. Se mencionan cooperativas agrícolas que dinamizan economías rurales, cooperativas de ahorro y crédito que permiten la inclusión financiera de poblaciones marginadas, y cooperativas de trabajo que ofrecen alternativas laborales a mujeres y jóvenes en contextos de alta informalidad.
Un rasgo común en todas estas experiencias es que las cooperativas redistribuyen tanto la riqueza como el poder económico. Al ser propiedad de sus socios, fomentan la democracia interna, la transparencia y la reinversión de excedentes en beneficio colectivo. Por ello, como subraya el documento, suelen mostrar mayor resiliencia ante crisis económicas y sociales, manteniendo empleos y servicios donde otros modelos productivos fracasan.
No obstante, el estudio también advierte que el potencial del cooperativismo sigue limitado por la falta de políticas públicas adecuadas, marcos legales sólidos y acceso suficiente a financiamiento. Tanto la OIT como la ACI coinciden en que, sin un respaldo institucional claro, estas iniciativas enfrentan dificultades para escalar su impacto.
La experiencia de la Unión Majomut y de otras cooperativas en el mundo confirma que el cooperativismo no es una solución marginal ni asistencialista. Constituye una estrategia probada para enfrentar la pobreza desde sus causas estructurales, generar riqueza con equidad y situar a las personas en el centro del desarrollo. En tiempos de desigualdad persistente, apostar por la cooperación no es una opción secundaria, sino una decisión ética y social impostergable.
