Cuando “ser hombre” significa callar: la masculinidad también puede enfermar
Por Alejandro Castañeda
Morelia, Michoacán, 13 de agosto de 2026.- “Los hombres no lloran”, “aguántate”, “sé fuerte”. Frases aparentemente cotidianas que, repetidas durante generaciones, han contribuido a construir una idea de masculinidad en la que expresar miedo, tristeza, vulnerabilidad o pedir ayuda puede interpretarse como una señal de debilidad.
El problema es que guardar las emociones no las hace desaparecer. Por el contrario, puede dificultar que los hombres reconozcan lo que sienten, busquen apoyo y atiendan oportunamente problemas que pueden afectar su bienestar físico y emocional.
Un análisis publicado por The Conversation plantea precisamente esta relación entre los ideales tradicionales de masculinidad y la dificultad para expresar las emociones, una cuestión que adquiere especial relevancia en México, donde todavía persisten patrones culturales que esperan de los hombres fortaleza permanente, autosuficiencia y capacidad para resolver los problemas sin mostrar vulnerabilidad.
Los datos ayudan a dimensionar el problema. En México, durante 2024 se registró una tasa de suicidio de 11.2 por cada 100 mil hombres, frente a 2.6 entre las mujeres. Entre los hombres, las tasas más elevadas correspondieron a los grupos de 30 a 44 años, con 18.8, y de 15 a 29 años, con 15.4.
Estos números no permiten atribuir los suicidios exclusivamente a la dificultad para expresar emociones —se trata de un fenómeno complejo y multifactorial—, pero sí muestran una desigualdad que obliga a preguntarnos cómo están enfrentando los hombres el sufrimiento emocional y qué tan accesibles son para ellos las redes de apoyo, afirman especialistas en la materia.
En 2023, por ejemplo, 81.1 por ciento de los suicidios registrados en México correspondió a hombres, de acuerdo con INEGI.
Expertos en salud mental destacan que la discusión, por ello, no debería plantearse como una acusación contra los hombres, sino como una oportunidad para cuestionar los modelos culturales que les enseñan desde niños que deben soportarlo todo en silencio.
Hablar de emociones tampoco significa perder fortaleza. Significa reconocer que la salud mental forma parte de la salud y que pedir ayuda no disminuye la dignidad de nadie, subrayan.
El desafío comienza desde la familia y la escuela, pero también alcanza los centros de trabajo, las instituciones de salud y las políticas públicas. Se necesitan espacios donde los hombres puedan hablar sin ser ridiculizados y donde la atención psicológica sea accesible y libre de estigmas.
México necesita revisar qué entiende por masculinidad. Porque un hombre que puede decir que tiene miedo, que está triste, que necesita ayuda o simplemente que no puede solo, no es menos hombre, puntualizan.
Y concluyen: quizá el verdadero cambio cultural consista precisamente en dejar de enseñar a los niños a esconder sus emociones y comenzar a enseñarles que reconocerlas también es una forma de cuidarse y de cuidar a los demás.
