Por Lorena Cortés
El 20 de junio de 2022, en Cerocahui, Sierra Tarahumara, fueron asesinados Pedro Palma y los sacerdotes jesuitas Javier Campos y Joaquín Mora. En el contexto de violencia homicida que atraviesa a México, el hecho activó una respuesta social organizada con peso específico en la comunidad jesuita que rebasó la exigencia de justicia y se convirtió en un movimiento nacional que escuho a miles de víctimas a lo largo y ancho del país.
De ese quiebre surgió el Dialogo Nacional por la Paz, una convocatoria que, en 2023, articuló a más de 1,600 instituciones y a más de 20 mil personas, migrantes, víctimas, desplazados, sectores productivos y especialistas, en un recorrido de escucha sin precedentes. A ese proceso se sumaron perfiles técnicos de los distintos eslabones del sistema de seguridad, justicia y ámbito penitenciario, especialistas que suelen producir evidencia desde la academia y las organizaciones sociales, lo que no sucede en los ámbitos de la burocracia partidista.
La poca evidencia que se ha documentado en la región, ha señalado que en países con alta criminalidad, la paz fracasa cuando se limita a reducir la estadística, sin crear capacidades institucionales, la violencia se desplaza, se adapta y regresa. En México a 20 años de iniciada la guerra contra las drogas, ese ciclo ya nos lo sabemos, estrategias centradas en contención, sin prevención, sin justicia efectiva y sin control territorial legítimo, producen resultados transitorios.
Por eso importa la evolución del Diálogo Nacional por la Paz, coordinado por el Padre Jorge Atilano por que no se concibió como consigna, sino como proceso de política pública impulsado desde la sociedad, con una elemental premisa: la paz requiere método, gobernanza y evaluación.
El segundo Diálogo Nacional por la Paz, celebrado el 30 de enero de 2026 en el ITESO de Guadalajara, convirtió la escucha territorial en instrumentos, sistematizó experiencias, ordenó aprendizajes y formuló programas replicables. Su aporte central es una caja de herramientas, mejores prácticas traducidas en metodologías de implementación local, con criterios de seguimiento y medición; un estándar que, por contraste, evidencia las precarizadas capacidades del oficialismo dejando en evidencia una seria de omisiones que rayan en lo criminal.
En ese sentido la comparación con el Estado es inevitable. Si la coordinación de los tres ordenes de gobierno hubiesen priorizado durante años la estandarización de programas, la trazabilidad de resultados y la corrección basada en evidencia, hoy existirían menos improvisaciones y más capacidades institucionales desde lo local. Sin embargo, en México la tragedía es en varios sentidos, otro de ellos es que la burocracia partidista que copta a las instituciones del estado, solo le importa enriquecerse, a costa de miles de asesinatos y de personas desaparecidas.
La falta de una política pública, no es un vacío técnico, es claramente una decisión política que traslada el costo a las víctimas y normaliza el daño como administración del conflicto.
En ese marco, el Diálogo Nacional por la Paz se ha convertido en un referente, no sólo por su capacidad de convocatoria, sino por su contribución a instalar estándares.
En ese marco, el Diálogo Nacional por la Paz ya es un referente porque cambió la conversación: de la denuncia a la capacidad, del testimonio a la metodología, del gesto político a la trazabilidad. Su valor está en haber instalado un estándar que obliga a cualquier gobierno a responder con instrumentos, indicadores y resultados, no con narrativa. Si México quiere salir del ciclo latinoamericano de violencia que se desplaza y se reproduce, necesita justamente esto: políticas de paz con diseño, ejecución y evaluación territorial. Por eso, la apuesta del Episcopado Mexicano con el Diálogo no es coyuntural, es una infraestructura cívica para el futuro, una ruta que pone a las víctimas al centro y que fija una vara pública clara. El mensaje es directo, la paz no admite improvisación, exige método y rendición de cuentas, hoy y en los años que vienen, ya no hay tiempo que esperar.
