Por Alejandro Castañeda
Morelia, Michoacán, 8 de agosto de 2026.- Debajo de la tierra que se trabaja todos los días en el Bajío, la Meseta Purépecha y Tierra Caliente existe un patrimonio biológico que hasta hace poco permanecía invisible: bacterias y hongos capaces de nutrir las plantas y ayudar a controlar plagas de forma natural. Investigadores del Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad de la UNAM, campus Morelia, decidieron mirar hacia ese suelo en lugar de hacia un laboratorio extranjero, y de ahí surgió un proyecto que hoy conecta la ciencia con el trabajo cotidiano del campo michoacano.
El esfuerzo, encabezado por los investigadores John Larsen y Antonio González, identificó y multiplicó cepas nativas de los géneros Bacillus, Beauveria, Metarhizium y Trichoderma, aisladas directamente de parcelas agrícolas de la entidad. La diferencia no es menor: se trata de organismos ya adaptados a las condiciones ambientales de cada región, no de insumos genéricos importados. Con la participación del programa estatal Agrosano, el INIFAP y la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, las cepas fueron entregadas a nueve biofábricas para su reproducción y posterior aplicación en cultivos como maíz, limón, mango, aguacate y berries.
“La identificación y reproducción de microorganismos nativos representa una estrategia clave para impulsar una agricultura más sustentable y resiliente. Nos llena de orgullo saber que el conocimiento generado en el laboratorio puede transformarse en un beneficio real para la sociedad”, afirma el investigador Daniel Rojas.
El propósito trasciende la simple sustitución de agroquímicos por alternativas biológicas. Se trata de reconocer que cada territorio conserva recursos propios capaces de aliviar problemas que la agricultura intensiva ha vuelto crónicos: el uso excesivo de fertilizantes y plaguicidas sintéticos, el deterioro de los suelos y la pérdida de biodiversidad. Productores que ya incorporaron estos microorganismos reportaron mejoras en productividad y reducción de costos, resultados que, aunque no constituyen una garantía generalizada, apuntan hacia una dirección prometedora.
“Lo más significativo del proyecto quizá no sea técnico, sino conceptual: propone que el laboratorio no sea un destino final, sino un punto de partida para que el conocimiento regrese al campo. En una entidad donde la agricultura enfrenta presiones crecientes por el agua, el suelo y el uso intensivo de agroquímicos, esa transición agroecológica no puede resolverse solo con ciencia de escritorio; requiere productores, instituciones y comunidades trabajando sobre las condiciones concretas de cada parcela”, destacan los especialistas.
Al final, la lección es sencilla y profunda a la vez: en algún surco de la Meseta Purépecha, un productor que hoy aplica un hongo nativo en lugar de un plaguicida importado está demostrando que la sustentabilidad no siempre llega desde fuera. A veces basta con aprender a reconocer la vida que ya existía debajo de nuestros pies.
Fuente: https://www.gaceta.unam.mx/investigacion-de-la-unam-fortalece-la-transicion-agroecologica-en-michoacan/
